Y como lo prometido es deuda, ahí va el primer relato de Kike Turrón. Es uno de mis favoritos. Sin desperdicio.
Mi fuente de ingresos cuando llegaba el verano era un puesto de portero. Aquello era una tabla de salvación que me permitía flotar monetariamente durante el resto del año. Eso me daba para comprar las playeras que se salían del presupuesto familiar, revistas, una piscina o un cine (si me hacía), mis discos, algunos libros, regalos a comprar en los cumpleaños de mis hermanos... poca hostia en resumen, porque entonces todavía vivía en casa de los viejos y aún no me drogaba de forma alguna, por lo que mis gastos no eran nada despampanantes ni muchos menos diarios. Había quien al terminar el curso se metía a socorrista o quienes cuidaban críos, repartían pizzas o atendían en el negocio familiar, otros tenían sopa boba por la cara. Yo portero. Me tiraba dos meses o más vigilando un parking en la calle Orense de lunes a viernes y de ocho a tres, así cinco años. Pagaban bien y yo aún no era mayor de edad.
En el parking aquel tenía mi garita, cuatro metros cuadrados provistos de una mesa de madera típica de oficina, un panel con botones y lucecitas incrustado en la pared que jamás supe para qué servía, un radiador y una silla. Sentado veía la rampa de entrada por una ventana. Todo estaba sucio y viejo, todo impregnado de la mierda que producían los motores de los vehículos que allí aparcaban. Siempre era la misma peña la que cada mañana aparecía frente a mis narices con su coche, porque el aparcamiento era el de un edificio situado justo encima, doce plantas de oficinas. También aparcaba el personal de la agencia bancaria anexa al edificio. Desde dentro de la garita les hacía un gesto de bienvenida levantado la mano, estilo papa. Me lo devolvían. Esa era mi misión.
Era joven cuando empecé en este excelente oficio, portero: quince años o menos. Me llevaba a la garita mi casete y un buen montón de cintas, libros para leer y algo para estudiar, pues seguro que me habían cateado algo ese verano. En el lote de mis cosillas incluía un rollo de papel por si acaso e insecticida para las cucarachas. Aun provisto de semejante equipo, el tiempo pasaba lento en aquella caseta. Sólo lo podía matar subiendo arriba de la rampa y viendo pasar a cientos de yuppis con sus carteras y sus trajes de verano, engominados y mecánicos, siempre tensos, siempre frescos. Alguna vez, presionado por el transcurso de las semanas, en las que repito, no sucedía nada, me aventuraba y me piraba veinte minutos al Vips que había justo enfrente; allí miraba las revistas de música, los libros de fotos y carteles y todo en general, tratando de hacer mi jornada un poco más entretenida. Nada. Me afanaba en retrasar todas mis obligaciones, que la verdad, eran muy pocas: barrer la rampa de entrada, el rato del bocata, salir a por una lata al super, la cagada mañanera... trataba de retrasarlo todo para que se me juntasen quehaceres pero nada, chico. Esos meses escuché muchísima música, leí bastante y empecé a escribir.
Pasaban los veranos y yo tan contento, así hasta que el que estaba todo el año empleado en aquel puesto me sugirió cómo sacarme un dinero extra y a la par matar el aburrimiento. Él lo hacía y funcionaba. Se trataba simplemente de lavar coches en el mismo aparcamiento, de strangis, porque al presidente de aquella comunidad de oficinas no le parecía buena idea aquello de guarrear su parking privado y por eso había que hacerlo a sus espaldas. No problema, porque yo curraba en verano y ningún presidente curra en verano y mucho menos se aparece por un parking subterráneo, ni siquiera el de la comunidad de vecinos. Me monté mi escenario en un rincón de la primera planta, la única condición era que la esquina elegida tuviese una rejilla de desagüe cerca. El portero oficial me había comentado que sobre todo no había que cantearse con el charco de agua, que se podían hacer goteras, que se podía enterar el presidente.
Desde esa esquina veía perfectamente quién entraba o quién iba a salir, estaba relativamente cerca de la garita. Me hice con un par de cubos de plástico, un cepillo, un poco de detergente y apañado el negocio. La peña me entró por propia inercia. Me dejaban el coche por aquella zona del garaje, me daban las llaves y al terminar su jornada de trabajo me soltaban cien duros como mínimo. Limpio, lo que es limpio, el coche no quedaba, ¡ya me dirás, con dos cubos de agua que usaba para cada tres coches!, pero la verdad es que tampoco los traían muy sucios. Era peña con pasta, con cochazos caros que dormían en garajes. ¿Os acordáis del Duque de Cádiz? Bien, para el que no: era un personaje aristocrático (algo de Borbón corría por sus venas) que se mató hace mazo de años esquiando. El tío no vio una cuerda que había en medio de la pista y se decapitó cuando bajaba emocionado y follado sobre sus tablas. Qué muerte más tonta. Yo le limpiaba el coche al tipo aquel, un estirado de tres al cuarto que jamás me dio una peseta más de las quinientas establecidas. Tenía un cochazo de la hostia, siempre brillante, y en el asiento de atrás el patán llevaba las revistas del corazón en que salía, que era en casi todas. Pasar mi gamuza negra por su impoluto salpicadero era perder el tiempo y arruinar su tapicería. Vi la noticia de su muerte un tiempo después en el papel cuché y me despedí de aquel cliente, de aquel cochazo y de aquellos cien duros.
La gente me dejaba los carros y las llaves y yo tenía que ir moviéndolos, sacándolos del lugar donde los lavaba al concluir para seguir de este modo con la faena. Las horas de curro se escurrían como el agua negruzca que resbalaba de los coches camino a la alcantarilla. Los empujaba hasta una u otra plaza libre y traía el siguiente. Muchos estaban de vacaciones y sus espacios para aparcar vacíos, rara vez los tenía que arrancar, me bastaba con quitar el freno de mano y empujar: nunca tocaba el contacto. Un verano de aquellos, ya con dieciocho y con carné de conducir (recién cumplidos ambos) la cagué por completo. Fue una mañana que me dejaron pocos coches, cosa rara; iba despachándolos a mi ritmo, pensando en la guita que me sacaría por éste o aquel lavado, haciendo el cuento de la lechera con las propinas que me caerían, frota que te frota mientras tanto. Pero se acabó el curro antes de las once y me empecé a aburrir, cosa que yo no sé hacer muy bien. A cada larguísimo minuto la garita se hacía más y más pequeña. Arriba de la rampa comprobé que los ejecutivos seguían yendo y viniendo con sus carteras, haciendo de esta zona de la ciudad un hormiguero. Abajo sonaba Bob Marley en mi caseto, el bocata esperaba mi hambre y los tres juegos de llaves de los coches que había lavado me miraban muy brillantes desde la mesa. Sabía que me querían decir no me toques... pero entendí cógeme. Eso me pasa por hablar con llaves.
Al tener carné recién sacado mis ganas de tomar experiencia al volante eran locas, y al llevar años ya en aquel empleo mi falta de respeto por todo lo que allí tenía había decrecido hasta el suelo, hasta el sótano. Arranqué uno de aquellos autos y pisé el acelerador para hacerlo rugir. Me agarré al volante, metí primera y anduve unos pocos metros de garaje. Suave, el cabrón. Los años en aquel empleo y el constante nada que hacer me habían permitido controlar los horarios de casi toda la peña; campaba a mis anchas por aquel garaje siempre iluminado por la luz blanca que proporcionaban los cientos de fluorescentes que colgaban del techo. Devolví aquel Mercedes a su sitio y me encaminé al Opel plateado, mucho más moderno. Un puto lingote de plata. Punto muerto, arrancar y primera. Con éste metí hasta segunda por la recta del garaje. Paré frente a la pared y disparé dos ráfagas de luz como si fuesen rayos láser. Metí marcha atrás hasta devolverlo a su posición original. Antes de pararlo lo rugí a fondo y me entretuve un rato con las modernidades de aquel modelo; tenía botones para aburrir: para el asiento, las ventanas... también moví los retrovisores con una palanquita que accionó un motorcillo, y no me preguntes por qué porque eso lo tiene que responder la poco oportuna inexperiencia, pero solté el embrague sin haber sacado la velocidad, que era la reversa... y que me lanzó el coche contra la pared que le esperaba justo detrás, a menos de un metro. Sonido seco y rápido. Los accidentes de coche suenan así, secos y rápidos. El coche se caló y un montón de lucecitas rojas se encendieron en el cuadro de mandos del aerodinámico salpicadero. Respiré profundo, me agobió el silencio que había, sabía que estaba pálido y que la había cagado. Cuando salen muchas lucecitas en el salpicadero chungo. Estaba aprendiendo muchas cosas de golpe. ¿Quién me mandaría incordiar? Pero si no era necesario desaparcarlo, ¿por qué lo hice? Tarde, majete, muy tarde, me dije finalmente.
Lo arranqué nuevamente asegurándome esta vez de ponerlo en punto muerto. Metí primera y paré unos centímetros más adelante. El carro tenía la parte trasera hecha un verdadero Cristo, en el suelo yacían los cachitos de faro. La aerodinámica forma trasera se había transformado en chapa arrugada con islitas de pintura. Si tocaba algunas se caían. Cerré la puerta del auto y me metí en la garita con Bob Marley, que cantaba "could you be love". Tenía mucho calor, seguro que la cara colorá.
Poco tenía que pensar, la verdad, pero le di vueltas al asunto hasta que llegó la hora de pirarme. Esa era la hora de subirle las llaves al menda que me había entregado el Opel plateado para que se lo dejase reluciente. Al verlo en su despacho le conté lo sucedido, quiero decir más o menos, o sea, que le mentí: le dije que al aparcar su coche tras lavarlo... pues que se me había estrellado, que no le había pillado el punto al embrague, que había perdido el control. Aquel tipo, otro ejecutivo más dentro de aquel hormiguero, sin quitarse la sonrisa de la cara me dijo: no pasa nada, lo pagará el seguro; ¿ha sido mucho? ¿ha sido atrás? mejor, toma. Y me soltó casi un talego y un valiosísimo no te preocupes chaval, que ésos sean los problemas. Me enamoré de esa frase desde aquel día.
Yo terminé siendo el sustituto oficial para los porteros de aquel edificio, menos para el que estaba en la portería en horario de oficina, de seis de la mañana a nueve de la noche. A ese le sustituía su hijo. Tras ese turno que yo no cubría por estar metido en la garita del garaje llegaba el de la noche, que sí me curraba yo. También me hice los domingos, en esos casos entrabas el sábado a las cuatro de la tarde y salías el lunes a las seis de la mañana. En esa modalidad me llevaba una tele portátil, además del casete, los libros, etc, etc. La portería era enorme, de ésas con un horrible mural funcional de bronce cubriendo una pared. Lo demás era mármol brillante, entre beige y blanco con algún toque gris, sin distintivo alguno, piedra muerta. Tenía aire acondicionado potente el portal, una mesita central de cristal con más piedras y plantas muertas en el centro, tres sillones grandes y cómodos donde dormía a pierna suelta. Me llevaba una sabanita para no tener que oler el culo a los ejecutivos que allí esperaban a otros ejecutivos para acudir a reuniones con más ejecutivos.
Desde fuera del edificio no se me veía nada, lo había comprobado yo mismo quitando mucha luz dentro y poniendo las de fuera, así todo quedaba resuelto: por mucho que alguien pegase su napia al vidrio blindado jamás podría verme. Alguna noche, yonkis y putas se habían cobijado en el rellano del portal del edificio para hacer sus cosas, ya sabes cómo es la zona de Orense por la noche, con Capitán Haya a la vuelta de la esquina. Les veía su ritual tranquilamente. La seguridad me la daban los gruesos cristales de la doble puerta que hacían de portón del edificio.
Un año que trabajé en ese puesto tenía moza: Marisa, mi novia del instituto. Era lo que se dice una pija convencida. Bajita, empollona, conjuntaba los colores de sus ropas con el calzado y complementos; además gastaba un deje de redicha en su hablar. La quería y por ella fui pijo una temporada. Era la única niña de la familia, la pequeña de tres hermanos. Los padres eran cuidadosos con la educación de su niña: los hábitos y las compañías no podían ser secretos, lo mismo hasta confiaban sus progenitores en que fuese aún virgen, ¡con dieciséis años! Una vez me contó que a su hermano, una noche que había llegado tarde a casa, la vieja le llenó la colcha de monedas, de manera que cuando el chaval tuvo que abrir la cama para acostarse cuidadosamente en la oscuridad para no molestar, algo torpe por llegar de fiesta, se sorprendió con una imparable ruidera de monedas que se precipitaban al suelo y que desvelaron al resto de la familia. La madre se levantó entonces y le cantó las cuarenta al chaval por llegar a esas horas, claro. Me sorprendió tanto carácter por parte de la madre, con tan mala idea, la verdad. Me asustaba un poco.
Marisa y yo follábamos como locos a la mínima de cambio. Era mi primera novia y aquello fue todo un descubrimiento. Bendita esa edad que se tiene cuando uno va al instituto, esa en la que estás permanentemente salido, mucho antes de conocer la bodega, los futbolines y los canutos... lo hacíamos en el parque, cuando quedábamos a estudiar, en su trastero, magreos en probadores, tocamientos en la piscina, morreos en la parada del bus, más magreos en el portal... dedos que se deslizan siempre encontrando algo interesante, mojado o abultado. Eso no era todo el día, no creáis, pero sí se daba con fruición en alternativas y lúbricas épocas.
Un fin de semana de ésos que me tocaba trabajar Marisa decidió acompañarme algunas horas. Cuando llegó a la mañana le enseñé el patrimonio a mi cargo. Imagino que jugábamos a ser mayores, yo con mi trabajo desde luego: poder comer juntos, tener un sitio nuestro y sólo nuestro por algunas horas... No había nadie en todo el edificio y yo tenía, como debe tener todo buen portero, las llaves de todas las puertas. Bajamos a la garita del parking, nos asomamos por algunas plantas, le mostré dónde hacía mis fotocopias clandestinas, dónde compraba las coca colas, dónde se podían hurtar bolígrafos y folios... incluso la subí a la azotea, desde donde se divisaba todo Madrid, ese esperpéntico y tremendo campo de ventanitas.
Cruzamos luego al Vips a comprar algunas bebidas. Comimos mirando la tele portátil que me hacía compañía en mis horas solitarias, allí, en el amplio portal, hablando, riéndonos, y trilirí y tralará, hasta que nuestro termostato sexual se despertó. Ya había tardado. Subimos a la azotea automáticamente, en el ascensor comenzamos a incordiarnos. Ya sobre la gravilla de la azotea empezamos de verdad, daba gusto ver el cielo tan alto, sin embargo, por corte al exhibicionismo, o por la incomodidad de las piedritas aquellas o por el sol que atoraba, nos fuimos metiendo al rellano de la escalera sin detenernos en nuestros progresos. Decisión suya. Nuestras ropas quedaron expuestas en aquel empedrado y nosotros retozamos casi en bolas por el frescor del mármol del descansillo de la planta once, la última, ajustándonos a los escalones, follando en aquel descansillo por el que a diario sólo entraban y salían ejecutivos trajeados. Ahora entraba y salía otra cosa.
Recogí la ropa de la azotea porque a ella le dio vergüenza salir después de hacerlo.
A la tarde nos compramos un paquete de Fortuna a medias, cosa que jamás habíamos hecho. Insisto en que nos sentimos un poco adultos, y quién sabe si por eso nos metimos medio a golpe de caladas enamoradizas, de ésas donde el humo apenas llega a los pulmones, que nos ponen salidos los morritos. Cenamos y se piró la chavala, no fuese a ser que su madre la jugase alguna revancha por su horario. Mejor dejarla tener su fe en lo de la virginidad de su hija, por ahora.
Dormí como un querubín en aquel sillón con olor a culo rancio de ejecutivo trajeado.
La faena siguió en aquella portería otro año más. Esa temporada pasó que alguien se me coló por la puerta del parking. Me sorprendió, o más bien asustó, cuando apareció por el portal. Había subido por la escalera del parking sin tenerle yo que abrir ninguna cerradura, una posibilidad que yo desconocía totalmente. Hasta entonces había entendido que todo el que quería entrar en ese edificio había de llamar a mi puerta, la que yo vigilaba. Así había sido hasta entonces.
Era una hora prudencial cuando llegó aquel tipo y yo, sencillamente, estaba viendo la tele, sentado en mi sillón, a mi bolilla. Le di los buenos días y me los devolvió, después me pidió las llaves de su oficina y se las di. Pasadas varias horas apareció de nuevo, me dijo adiós, dejó las llaves en el mostrador y bajó al parking.
Al día siguiente le comenté la movidilla al encargado que me sustituía, al conserje principal. Lo hice en cuando asomó su pálida jeta a las siete de la mañana del lunes. Tras escuchar mi parte atentamente me dijo que mejor, que así ni me molestaban llamando a la puerta, que algunos tenían tarjeta de entrada al parking, pero que "no hay miedo chaval, desde hace tres años no hay problema, porque aquí" y me señaló una esquina en el techo, cerca de la puerta que daba de la escalera al parking, "y arriba en la puerta de la azotea" me contó señalando con el dedo al techo, "hay cámaras, por si alguien trata de entrar".
Me dejó helado con el descubrimiento de la seguridad del edificio. Cuando eché mentalmente las cuentas que me proporcionó el conserje principal, quedó claro que me habían rodado en plena faena hacía un año, pues ese rellano de la azotea era el que había sido nuestro lúbrico colchón aquel sábado de agosto. No le quise preguntar quién cojones contemplaba lo que rodaban esas cámaras ni quise contarle a Marisa, que ya no era mi novia para ésas, nada de aquello.
La modernidad llegaba poco a poco a aquella finca de la calle Orense: puertas automáticas, circuitos cerrados de televisión, tarjetas con códigos secretos, sensores de alarma... pronto se eliminó la misión del portero y a mí me dejaron de llamar para las sustituciones.
Sé que en aquellos años internet aún no estaba en boga, pero también pensaba que allí no había cámaras; por eso, si me veis por ahí, follando en la Web, por favor, no se lo enseñéis a la madre de Marisa, que esa se las gastaba en serio con los temas de su niña. Gracias por la discreción.
Kike Turrón.
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