¿Vamos de culo? Te invito si quieres

Ya está aquí el esperado relato inédito del Turrón. Que lo disfrutéis.

En el fondo me da corte contarlo porque parece un poco de cachondeo, sé que es casi como una fantástica leyenda urbana de ésas que todo el mundo se sabe y sospecha que son mentira, de ésas que todo dios ha oído en boca de cualquiera: los cocodrilos en las alcantarillas de Nueva York, el perro y la niña que se embadurna con fuagrás el potorro por culpa de una cámara oculta o como aquella que se cuenta en el barrio sobre una pareja que se marchó de vacaciones por algún país árabe y, nada más llegar, les robaron todo el equipaje de la habitación de su hotel, dejándoles como únicas pertenencias tan sólo los cepillos de dientes y la maquina de fotos, que no era demasiado buena pero que servía de consuelo. Lo demás voló. Ellos siguieron viaje a pesar del contratiempo, ¡qué remedio estando allí! Pidieron una transferencia bancaria y asunto arreglado: compraron lo que pudieron necesitar, consiguieron un nuevo billete de avión, cancelaron tarjetas… en fin, lo que se hace en estos casos tan penosos. Al llegar de las vacaciones y revelar los carretes, incluyendo el que contenía la maquina que les habían respetado, se encontraron con que salía una foto de los ladrones con los cepillos de dientes metidos en el culo. Estaba claro que no habían comprado ni máquina fotográfica ni cepillos de dientes. Imagino que la habeis oído mil veces y que los amigos no eran de mi barrio, sino del tuyo. También están esas más universales, por ejemplo las de los refrescos: la de la chuta en una lata de pepsi o la de la botella de cocacola atascada al usarse como consolador. ¡Carai con los refrescos! Más de nuestra tierra la de dar gato por conejo en una comida de camaradería a los colegas y mostrar la cabeza del bicho a los postres para rubricar la maldad entre los presentes. Son muchas, algunas serán mentira y otras, mejor que lo hubiesen sido.

Bueno, te parezca o no leyenda urbana, el caso es que una vez me encontré con un colega al que es mejor que dejemos sin nombre y que me contó que había tenido un marrón que te cagas. Era, me dijo, una preocupación que se le había ido engordando como una inocente bola de nieve que rueda montaña abajo hasta sepultar un pueblo entero. Ese pueblo era él. El chico había estado metido en algún agujero, pensé, quizá asuntos de faldas o quizás de monedero… el caso es que la primera vez que me presentó su desdicha tan sólo mostré interés por mera cortesía, pero la cosa seguía parda cuando me lo encontré pasados unos días y profundizó, mostrándome más detalles. Se trataba de un asunto relacionado con su salud.

Fue cuando le pregunté por su mala cara, sus ojos inexpresivos como desagües y su tono de voz apagado, como la lumbre de un mechero cuando el gas está a punto de expirar. Empezó por el principio, que se situaba en el momento en que se cambió de domicilio, o a esa conclusión había llegado tras sopesar sus últimos meses de vida y su verdadero problema.

Alto, buen mozo, moreno, melenas mi colega, un tipo más buscándose la vida en este enjambre, con ambiciones. Yo sabía que de siempre había viajado bastante y que por ello nunca había decidido instalarse a vivir en ningún sitio concreto, incluso sabía que vivió por temporadas en otros países; allí había sido obligatorio agradecer cualquier rincón donde descansar los huesos y hacer madriguera sin soltar pasta. En fin, que no era Robinson Crusoe, pero tampoco un pardillo en lo que a buscarse la vida se refiere. De dinero, pues como todos los que dicen que van tirando. En cualquier caso, y vayamos al asunto, resulta que al poco de mudarse de domicilio por enésima vez comenzó a tener inexplicables hemorragias en el ano. Si, así como suena, le sangraba el ojete.

Cuando me lo contó me sorprendí tanto como tú, porque jamás había pensado que ese tío tuviese esa confianza con mi menda para hablar de semejantes asuntos justo aquella tarde primaveral en el extrarradio madrileño. Como melliza de la sorpresa me embargó la curiosidad, camuflada en esta ocasión y para pasar desapercibida con el pasamontañas de la preocupación. Tras esa procesión de sensaciones que desfilaban por mi cabeza, me dijo que de entrada no le concedió importancia a su sangrante orgullo. Intervine yo en ese momento, sin saber lo que se avecinaba. Lo hice porque creo que cuando alguien se te sincera tienes que tirarle algo de tu carnaza para que enganche y así salgan a la superficie sus cuitas. Le tiré el anzuelo y le dije que a mí también me sangraba el ojete, que sólo a veces, que estaba seguro que eran las típicas y pujantes almorranas que daban por culo al limpiarme tras plantar, sobre todo en algún periodo de no comer bien, de ponerme, de especial nerviosismo y que tal y que cuál. En la misma línea, como propina y por ampliar campo, le dije lo de mis encías, que también lloran sangre en ocasiones, en esas mismas ocasiones. Él me confesó que se había agarrado a esos consuelos desesperadamente durante algún tiempo, achacando la pérdida sanguínea a la falta de defensas, a las almorranas, a las pocas vitaminas ingeridas, al mal comer, pero fallaba que sus hábitos de vida estaban alejados de ese punto insano casi por completo y más lo estuvieron al repetirse los hechos, pringosos a todas luces.

Lo que le pasaba en realidad, me decía mientras tomábamos un par de tercios, era que se levantaba con los gayumbos manchados de sangre; me contaba que era como si de pronto, a sus treinta bien cumplidos, le hubiese bajado la menstruación masculina. Él, al ducharse, limpiaba con cierta vergüenza y a escondidas todo aquello que le sucedía donde la espalda pierde su honesto nombre, lo hacía durante dos o tres días, luego se paraba el flujo. Se relajaba. Trató inútilmente de mirarse con un espejo de mano, palpó la zona tratando de encontrar algo raro, pero nadie nace sabiendo. Bajó a la farmacia preocupado y comentó su caso. Allí le diagnosticaron hemorroides rápido, vendiéndole un milagroso unte que él se administró sin pensárselo dos veces.

A la semana siguiente se le repitió el asunto esta vez, la intensa dinámica de su trabajo le hizo no poderse escandalizar en exceso. Apañó con las pomadas hasta terminar el mes. Nada de nada. Cuando ya no le sostuvieron esos argumentos de botica se lanzó en picado a la consulta del médico, buscando un aliento profesional.

Le dije que un mes era demasiado, que tenía que haber acudido antes a consulta. Estaba otra vez lanzando el sedal al mar de sus asuntos, estaba como loco por saber qué cojones le sucedió. El médico le mandó al especialista y éste le hizo bajarse los pantalones, los calzones y doblarse por la mitad todo lo que pudiese. Amigo, le dijo el doctor, usted me está tomando el poco pelo que me queda. Atónito y aún con los pantalones por los tobillos, mi amigo le dijo que no, que nada de bromas, que qué coño le estaba sucediendo ahí, que le dijese algo, que le curase. El doctor le contó su diagnóstico, que éste era que le habían dado por culo, que aquello era un desgarro de ano con todas las de la ley y que le extrañaba que no se hubiese enterado, incluso que si era eso cierto, que se trataba de una violación.

Mis ojos se abrieron más de lo normal, mi boca se quedó cerrada por completo. Grave sorpresa dibujado en mi gesto Apoyando el brazo sobre la mesita me dirigí a él: ¿que te dieron por culo?
Mi amigo no daba crédito a lo que le había sucedido pero el rollo blanco de celulosa no engaña a nadie: se la habían metido por el culo sin darse cuenta, se lo estaban beneficiando y él no sabía ni por dónde le venían los envites. Tardó un par de días en digerir el amargo trago, pero una vez hecho, comenzó a rebobinar su pasado más inmediato, peinando su entorno más cercano. Reflexionando a cerca de todo lo que había hecho en el último mes. Pensando, pensando profundamente. Lo de poner una denuncia lo dejó de lado simplemente al pensar en el trance de tener que declarar los sucesos delante de un madero o en su defecto unos cuántos más escondiendo infructuosamente la risa.

Me dijo que le había costado mucho apencar con esa realidad, la de que le hubiesen desflorado sin su consentimiento, y mucho más pensar como podía terminar de una vez por todas con aquello. Tras algunos descartes, todas las pistas se centraban en la persona con la que compartía casa, un tipo normal y corriente del que desconocía muchas cosas, entre ellas su tendencia sexual.

Exhibiendo una contenida mala hostia, siguió explicándome. Me dijo que trató de averiguar datos sobre su compañero de piso y que para ello revolvió la casa bien a fondo, violando con arrebato la intimidad del dormitorio del mismo. A fin de cuentas y presuntamente, éste ya lo había hecho por el pasillo de sus entrañas. En un armario encontró unos frascos que le llamaron la atención: se trataba de tarros etiquetados, como de laboratorio. Destapó uno y al inhalar descubrió que se trataba de cloroformo, un líquido muy puro que casi le tira al suelo por meter demasiado la nariz. Todos contenían lo mismo. Pensó un rato y meticulosamente dejó todo en su sitio. Ya tenía por dónde pillarle, pero aún tenía que saber más cosas, así que se hizo con una mini cámara de esas digitales y la plantó encima del armario de su propio cuarto. Cada noche durante una semana, cuando sus ojos le podían, la daba al rec y allí se quedaba el ojo digital como mudo testigo de su sueño.

Mi colega me contaba esto una semana después de ver la grabación del video y de confirmar así todas sus sospechas. Vio la cinta en casa tras levantarse, a escondidas, lleno de rabia, como cuando se limpiaba el ojete en la ducha. Contempló cómo el chaval se deslizaba y le plantaba en la cara una gasa, evidentemente empapada en el líquido adormecedor. Con total impunidad el tipo salía y al cuarto de hora regresaba, le daba la vuelta a mi colega y ¡a jugar!

¿Y por qué no le metiste de hostias al encontrar el líquido adormecedor? - le dije. ¿Por qué esperaste a que te diese otra vez por culo? ¿Es que necesitabas más pruebas? ¿No te valía con el diagnóstico del médico? ¡Vamos! que me faltó preguntarle si le había gustado la experiencia de la porculización y que si estaba satisfecho por el desenlace final de los acontecimientos. Me lo callé.

Se quedó en silencio, pensando y pensando, con la moral por los suelos e imagino que el ojete aún dolorido. Entonces me añadió: ¿sabes lo peor?, que la cámara me la prestaron en el curro y por despiste la devolví con la cinta dentro. Ahora estoy sin casa y sin curro, me han dado bien por el culo.

Tranquilo, le dije, a ésta te invito yo.
Kike Turrón.
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