Dicen las estadísticas que en Noruega es donde mejor se vive, que en Liberia donde peor. Los niños rubios, cuajada y miel, se bañan en médicos y educación. Los críos negros, moscas y miseria, mueren de sida o con un arma entre los brazos, mueren de hambre. Hay otra guerra a punto de estallar; tampoco sabremos de sus muertos ni de sus verdaderas causas. Otro país invadido. Unos pocos poderosos mueren cada hora con la conciencia tranquila y el impune reguero de explotación globalizada por epitafio. Detalle que no alterará un ápice su plácido y autocomplaciente sueño eterno. Este gobierno nos engaña como hizo antes el anterior y como hará después el próximo. Los jueces, esos humanos con meras horas de libros, reparten años de cárcel con aterradora, maquiavélica, alegre soltura. Matan más mujeres los maridos que la heroína, pero no está prohibido casarse. Alguien cercano, aún no sé quién, acabará en la cárcel; de lo que sentiré ya intuyo algo. Varias sillas de ruedas tropezarán con diferentes aceras, se quedarán a los pies de distintas escaleras, tanto arriba como abajo, multiplicando al cuadrado la impotencia.
Estadísticas y realidades. Todas ellas insondables, sólidas, inconsolables y, al fin y al cabo, nimias. Detalles. Matices.
Porque el hoy, en el vasto concepto de manga ancha en que pueda interpretarlo, se me revela en estas tres naranjas que saco de la nevera. Todo lo real está en ese instante, en el cuchillo que las corta, el exprimidor que las saca jugo. Lo único que tiene sentido es llenar este vaso y confiar y pretender que no pasen muchos minutos antes de que te lo bebas, para que no se vaya la vitamina C del cítrico. No hay más hazaña que entrar en silencio en la habitación y, sin despertarte, sentarme a tu lado, en la cama. Embelesarte aún tumbada, coqueta y entera, respirando fuerte, nunca roncando, darte de beber.
El sentido de la vida es, de sencillo, inmenso. Es llevarte el zumo a la cama y despertarte con un beso. No tiene más sentido, ni realidad de realidades, la vida. No más futuro ni interés que el placer de tu sonrisa, somnolienta y agradecida, que frunce el labio disimulada e inconscientemente, que me murmulla dormidita cosas al oído mientras tus brazos se cuelgan a mi cuello. Te incorporo, te digo que no te asustes, que no mires para abajo, y abrazada a mí te doy de beber, tras un protocolario brindis que inaugura otro día pasional, de frondosa y merecida previsibilidad. Repleto de las grandes cosas.
“Tengo el firmamento en el cuerpo”, dices divertida frente a mí en la inmensa bañera. Yo sé que es cierto. Alternas los dedos índices para señalarte, no hay ánimo de lucro, solo la evidente constatación, casi científica, de tus estrellas tetas, tu coño sol, de la media luna que dibuja tu cadera. Hundidos ambos en dunas de espuma y jabón, pirámides de piel que sobresalen del agua, consigo sonrojarte con un piropo que no te vende lo que ya posees.
Algo grande, contemplar el planetario durante un baño caliente. También lo es sentirse cubierto desde el desayuno: al tranquilo romper de nuestras olas, saludándonos “holas” confidentes y pensamientos vespertinos, frescos. Sandwiches de jamón y queso gratinado marca Lars von Trier. Tan intenso como el guacamole, el amor. Ese mismo amor que pellizca espinillas sin perdón y con saña, en tantas y tantas ocasiones. Que presiona hasta extraer los eternos cumulillos de miedo que florecen habitualmente en mi dermis. Así me dejo despiojar a regañadientes, sintiéndome tremendamente cuidado. Amado, por quitarme unas espinillas.
Y mientras finjo que el cepillo de dientes me tiene ocupado, te curioseo por una rendija para intentar sorprenderte bailando sola, para ti, en el salón, de cara a La Flores. Desde que te intuyó aquella abuela cubana, la de las inabarcables caderas de sabiduría y hambruna, y te dijo: “No te deja bailar la pena, guárdala debajo del colchón”, lo has venido haciendo. Tristeza que más que escondida fue disipada, y ahora el reguetón de nadie es el reguetón de mí que, completo y fatuo, veo en cada caderazo el rítmico y precioso compás del crecimiento interior. Taconeos descalzos que no permiten oír el sonido de una deliciosa lágrima que me rueda de puro nervio y orgullo, cayendo al suelo con el sordo estrépito de la plenitud. Y entre la marea de tus caderas y lo que bulle dentro, tus ojos absortos caen en la cuenta de que calladamente te observo, detectas mi sigilosa posición de asalto y te ruborizas. Yo también.
Decisiones vitales se cobijan en cada minuto. Experiencias trascendentales que intento saborear con intensidad, procurando esquivar la superficial inconsciencia que no permite disfrutar de las cosas hasta que estas ya han pasado y quedan de aliño en una conversación nostálgica, en unas fotos manoseadas de pura necesidad. No esperar hasta que otro momento nos diga que esto es grande desde el más sencillo ahora. Por eso cazarlas al vuelo: que qué me pongo hoy, que qué bien te sienta la parte de arriba de mi pijama. Limpiar la casa. Hacer de la limpieza un ritual de respeto. El trabajado regocijo de verte disfrutar por esas cosas que se hacen finalmente, aunque no exclusivamente, por uno: los vasos sin dedazos, las baldosas sin pisadas, pelos o arena. Barrer en las esquinas, como en los recovecos de nuestros corazones. Cada uno con su peculiar e individual estilo. Sabiendo que el entorno hay que cuidarlo, que tenemos que fregarnos: que somos corazón y patas, estómago y cabeza. Nos ensuciamos con el barro del camino, se acumulan remolinos de polvo y pelusa con las ventanas abiertas del nuevo día, que llega siempre, en el reparador cuarto de la soledad, en el festivo quehacer de la manada. Barro, polvo y pelusa. “Y no se olvide usted de pasar las escoba por detrás de las puertas, por favor”, la rechinante, respetuosa y compresiva paciencia con María; siempre desaliñadamente recalcitrante, siempre ojos de miel en su alegre entrega.
Lejía, fregona y paciencia, métodos previsores para los inevitables, quién sabe si inexistentes, zurdazos de la vida. La belleza que amamanta nuestra estructura abriga huesos duros de roer. Por eso perseguimos el secreto de los castores. Y el de la braña. Sabiéndonos poseedores en exclusiva de nuestros peores enemigos, de espejos que reflejan pulsos cabezones y montan a la grupa de orgullos altivos y descorazonadores.
Ahí se anda. Buscando darles capote y finiquito. Arrinconarlos, cuando menos, con fregados y lavadoras. Apuñalando penas en brindis que se buscan los ojos y no olvidan el suavizante.
Hacer de la colada el ritual de la comunicación: plenos y compenetrados a cada lado del colgador, con el cubo de las pinzas en común, con el eléctrico roce de los dedos cuando se fijan en una misma pinza, el musical frote de los nudillos cuando se dobla una sábana. Cada uno con su fuego y su cansancio, la idea clara y la ropa como húmedo símbolo de nuestro objetivo único. No hay más nosotros que tender una colcha al sol. Colgada la ropa y colgado yo de esos ojos que me hablan, independientes de lo que la boca dice y los gestos delatan.
Te fondeo con la mirada, recién aterrizada de dios sabe qué oníricos infinitos, me encuentro, en contraste, la tuya: tierra firme y madre suelo, que brilla al escoger restaurante en arrebatos emocionales, que se relame al seleccionar platos por el corazón poético de sus nombres: cestitas de queso de cabra con gambas y miel de romero. De ti, no mirar el precio. De ti, hacerle caso al estómago.
Juguetea el mar conmigo, me voltea en la orilla, me hace pellizcos. Aguadillas amistosas que me revuelcan entre guijarros redondeados, lametazos salados. El sol, de frente, se esconde por una montaña. Entre él y yo: tú, la meta antes que el horizonte. Me observas desde la playa mientras me doy un último chapuzón. Mirada que mima y cuida, lo sé por tu silueta. El sol, telón de fondo, se retira para dejarnos solos, el mar cosquillea y me empuja hacia la orilla, hacia ti. “Anda, tonto”, parece decir con esos empujones de espuma en la palma de su oleaje, “ve con ella”. Mar celestino y sol discreto, aunque magnífico en su rojiza retirada. Les agradezco el detalle, pero era innecesario. Yo hubiese ido a ti aunque el mar me arrastrase a sus profundidades. Porque si alguna vez fuese así, y yo avanzara hacia el fondo marino, significaría que tú estarías aún más adentro, quién sabe si absorbida o aterida de desesperanza, y yo acudiría presto al rescate... ¡Ay! Finalmente se me escapó el deseo de ser un aguerrido héroe para ti. ¡Ni películas, ni batallas! La heroicidad es lo que es: un último chapuzón mientras tu silueta me cuida.
No más hercúlea proeza que pasar juntos un domingo de gaupasa, o de cualquier otro día que por sus características merezca llamarse así. Entregados al silencio con la plenitud del monje. Islas de reposo, mares de yogurt líquido y vacaciones antisociales: no estamos para nadie.
Me pregunta otra voz más joven, menos veterana, que si descubrí el amor, que si lo aprendí, que si lo conozco. Me encojo de hombros, pero sin modestia. Y le hablo de eso, de las grandes cosas, del zumo de naranja y la colada, del yogurt líquido y la limpieza de la casa. Del mar que, indefiniblemente, me empuja hacia ti.
Se suman otras voces preguntonas. La voz de los planes de futuro y visión planetaria; la de los miedos y las certezas de la incomprensión; la de los necesarios ideales, con tendencia a la frustración y abatida por las grandes in-soluciones; la esperanzada. Y yo a todas les hablo de naranjas y olas, de siluetas y restaurantes al azar, de la costumbre del amor. Sonrío y aprecio los escasos paraísos donde alimentar las baterías. Cuestan días y aviones, carretera, manta y tiempo. Nunca dinero. De alguna forma son irreales, oasis en un desierto cuya arena se compone de guisados conjuntos y opiniones dispares sobre la pintura de las paredes, de bailes agarraos en zapatillas y pijama, con legañas en los ojos y los morros manchados de Nocilla y Lila Downs. La grava de nuestro camino son poemas copiados en la puerta de la nevera que te cuadran al pelo: “Te quiero por tu mirada que siembra futuro”; son los masajes que no te sé hacer para deshacer ese nudo que nunca se deshace, a la altura del omoplato derecho. Llamar a tu culo culito y a tus tetitas tetazas. Llamar al telefonillo nada más salir de casa: descender los cinco pisos a toda ostia por la escalera para timbrar el interfono y enviarte un beso y decirte te quiero. Cantarte desafinado y sin rima, hasta que me tapes la boca de risa y sofoco. Traerte un croissant a cara de perro cuando solo esperabas una barra de pan; traerte pan recién hecho para sentirte decir ¡ñan!
Extraido del libro "Jirón" de Kike Babas, disponible en www.kingputreak.com o escribiendo a kikebabas@hotmail.com