El mes pasado debería haber salido publicado un relato de Kike Turrón, pero por motivos de coordinación no ha podido ser. Este mes le vuelve a tocar a Kike Babas con el relato "Baile pendiente", con más sombras que luces, más grises oscuros que claros, pero siempre, como la vida misma.
Tenemos un baile pendiente, me dice. Unos ojos gatunos, una silueta. Le digo que sí, que por supuesto, minué y chachachá, vals o tango, pero pendiente. Y Turrones se da cuenta que hoy me brillan demasiado los ojos, que no es alcohol lo que se desliza quedamente por mis mejillas tras brindar con fuerza los chupitos. No es el lugar, ya lo sé. Pero es el momento. Momento que no pedí, momento que viene y pesa, ahoga. El bar está animado: es oscuro, de techo bajo, olor agrio, penetrante. El dueño es colega, las rondas de pelotazos y chupitos caen con facilidad y por la cara; ante un arqueado de cejas o un fruncimiento de nariz, entramos con unos y otros al repiqueteo de tarjeta que nos entretiene en el servicio. Nos dejamos tentar, nuestras muecas piden tentación.
El concierto no fue malo, es más, estuvo bastante bien. Ochenta personas pagaron por vernos, unos cuantos se sabían los temas y yo me recreé en el morbo que me da cambiar algunas palabras en las canciones, algunas entonaciones, determinados tiempos. Difícil tararear conmigo, para eso ya está el disco. Ya antes hemos tocado en Cáceres, varias veces. Este recorrido está siendo similar al de la vez inmediatamente anterior, primero tocar en el Belle Epoque, sudarla, acabar, recoger y a la Luna, que es el garito colega situado en la calle paralela. Un sitio donde sentirse arropado. Brindis y lonchas. Caras conocidas vagamente recordadas, nombres olvidados y vueltos a preguntar. No se acaba de intimar pero eso sí, el trato es de colegón, una intimidad no de velas, sí de luz tenue, sucia, intimidad de futbolín y música alta, de chascarrillo facilón y conversación previsible: que cómo va tu ciudad, que cómo va tu música, que cómo te llamabas, que cuándo volvéis, que si hace otro chupito, que vámonos al baño. Suele ser un momento grato, con la camiseta seca y limpia, el equipo recogido, listos los pulmones y las fosas nasales, listo el hígado y la simpatía. Todo es dejarse llevar: discutir, saludar, hacer ojitos si cuela. Y hoy coló, pero ni ganas ni fuerza, el baile queda pendiente y mis ojos no retienen, porque no pueden, lágrimas de una pena sin excusas. Por eso hoy no participo.
Poco sé yo que en este día, horas antes pues las celdas están ya chapadas, en el patio del centro penitenciario hubo una fiesta de cumpleaños y se pasó la tarde bailando y bebiendo chicha, fermento de cerveza sin alcohol con un chorrito de leche condensada, levadura y fruta, que se guarda en botellas de suavizante por disimular, destilería de estraperlo. Eso lo sabré en la visita de cuarenta minutos de la semana que viene, que más minutos no hay desde los que ver a los colegas a través de un cristal, grueso como la rabia que nos corroe, en caricias que se sienten pero no se tocan. Donde la vista se estropea porque todo está demasiado cerca.
Nada sé de compartir días y esperanzas con unas y otras en ese continuo trajín de las que continuamente llegan y se van. Con Gilda, que desde que entró hace dos años y medio no ha vuelto a bailar. Con Nanda, que no siente nada cuando folla con su marido desde el día que ingresó. Con Luzenith, que se pasó dos años sentada en un banco hasta que se dio cuenta de que no podía salir. Con Lucy, que intenta adelgazar de un modo obsesivo y oculta en su chabolo el chocolate que compra a escondidas en el economato. Con Soraia, que ha encontrado el cariño que no había recibido nunca. Con Jennifer, de 19 años, de Meco-pueblo aunque le gusta hacerse la sudamericana, que viajó cargada desde Santo Domingo y vive la cárcel con la inocencia de un viaje de estudios. Con Maribel, que pone su nombre a las sillas del módulo, borda tapetes de mesa y les pone flores, esperando una visita que nunca llega.
Porque de fuera apenas llega nada. El exterior son unos cristales gordos y un interfono al que hay que pegar la oreja, cuarenta minutos semanales y un máximo de cuatro visitantes. Es una llamada al día, unas cartas con retraso, un vis a vis de hora y media al mes. Es un trozo asignado de cielo. El resto, el todo, se come dentro, bilis a dos carrillos, enterrando días, cosechando esperas, añorando y añorando desde una celda cuya ventana da un muro. Andando por el patio. Módulos y jardines. Una ciudad de un kilómetro cuadrado, cada módulo un barrio, cada chabolo una familia. Células unifamiliares sin más sombra que el desarraigo, la vida sin uno, el pulso con el olvido, ese ave de rapiña que acecha para confundir y desvirtuar recuerdos, despedazarlos.
No me empapo del ambiente. Me mantengo escéptico ante risas y contoneos, ante el futbolín y los chupitos, ante un nuevo viaje al water. Estoy en otra película, preñado de una mala leche agria, cortada e impotente. Una película interrumpida por un intermedio que nadie pidió: anuncio de una publicidad no subliminal, explícita, asesina y asfixiante.
Y allí está Simón, teje que te teje, tres años tejiendo, esperando que su embajada se acuerde de ella. Terry, que cada semana inventa que un familiar suyo ha muerto, buscando que la abracen y la cuiden. Ester, que lava y limpia los chabolos para mandar dinero a sus cinco hijos en Bolivia, a los que dejó por una semana y ya van tres años. La Gallega, que lleva desde 1993 esperando poder tener una hija. Inés, que la condenó un jurado popular a diez años por un homicidio en defensa propia. Amanda, que se la llevarán sin previo aviso una noche, trasladada a cara perro a otra cárcel alejándola lo más posible de su chaval, también preso, con el que ya le tocaban sus primeros vis a vis. Emily, que lleva cinco años cumplidos de una condena de seis, leyendo el futuro al resto de reclusas con su cara de bruja pícara, incapaz de ver el suyo propio. Mercedes, que mató a su marido y se le quedaron unos ojos de cachorro herido que aún no alcanzan a comprender en qué punto la vida se le fue de las manos, que se enamoró de un preso en Soto, que en su condena conoció la vida, y que ahora dice que nunca hay que decir lo que se piensa de verdad y diciendo eso, ya lo ha dicho todo...
Esa es la isla amurallada, el mundo dentro de otro mundo, donde se juegan céntimos de euro a las “7 y ½” y se sueña y se hacen planes con quien se sabe que no se van a cumplir. Buscándole un porqué al destino, rehuyendo las fotos de los colegas, a los que no se puede mirar, las fotos propias, en las que una no se sabe reconocer. Mirando a la cara de esa puerta que se ve todos los días junto a la enfermería, “Libertades-Ingresos”, esa que no se sabe cuándo se va a atravesar.
El Turrones, que sigue al quite, me coge del brazo y me dice, mi niño, venga, nos vamos. Y los ojos gatunos aún me recuerdan cierto baile pendiente. Ni contestar puedo.
Este relato lleva extractos fusilados directamente de una correspondencia con sabor a mar, experta en profundidades. Alas de tinta y papel. Gracias, Ana, este es a pachas.