No es exactamente un relato. Más bien... ideas relacionadas con cuatro meses del año.
Septiembres estudiantiles, de terrazas cerradas, de despedidas con hasta prontos que sabemos que son adioses, de exámenes, de intercambio de direcciones y teléfonos, de lluvia sobre el alquitrán caliente del asfalto, de olas muertas y playas sólo resucitadas en sueños.
Noviembres de mal llevar asuntos del corazón, de poner fechas de caducidad a las piedras, de hacer de piedra los corazones, de dar veneno a soles del atardecer que tienen el antídoto que a mí me falta, de móviles que tiritan por un toque a media noche.
Diciembre de arroparse en abrigos y desarroparse en tu cama, de reuniones familiares en torno a un niño de dos mil veranos, de recordar cuando en Madrí aún nevaba, de esperar al autobús fumando un cigarrillo que siempre quedaba a medias para entrar en calor, de celebraciones inútiles, de terminar una cuenta atrás para empezar otra, de perderte definitivamente.
Febreros de terminar exámenes, de exámenes que acabaron conmigo, de pasar frío en los Alpes, de refugiarnos en aquella recepción de hotel, de recordar con una taza de café, de robar momentos de gloria y que la vieja Habana te tetue en la cara el paso del tiempo, de erosionar mi piel con vientos del norte.












